Sentada de rodillas, dando la espalda a un espejo, contempla su espalda desnuda en su reflejo. Era un ángel caído, al que cortaron las alas precipitadamente. Moría de deseo por volver a volar... pero ahora no era más que un simple mortal. Miró entre llantos las mil marcas de sus muñecas, cada una de ellas el recuerdo de un instante de falsa valentía. Con la navaja en sus manos, lágrimas recorrían su rostro, rezando por encontrar de nuevo el camino antes que la vida goteara por sus dedos. Decidida, se practicó un superficial corte en su muñeca izquierda, contando ya doce marcas en ese brazo. Ese corte era el patrón para el verdadero, que no creía que tardara en llegar.
Se dio la vuelta, se encaró al espejo y, contemplando su angustiada cara inmersa en llanto, cogió fuertemente el mango de la navaja, apoyando la hoja de ésta sobre el corte que se había practicado unos instantes antes. La patética imagen que se reflejaba en sus ojos parecía animarla a no frenar su instinto, parecía hundir más su sentimiento, ver más lejos la salida.
Y cerrando los ojos, presionó la navaja contra su propio brazo. La lámina de acero atravesó la barrera de su piel, arrancándole un intenso grito de dolor, y empezó a resquebrajar su carne. Sin fuerzas y adolorida, el cuchillo se resbaló de entre sus dedos, cayendo al suelo teñido de sangre... En un acto reflejo, se cubrió con la mano derecha el corte, llorando desesperadamente.
Miles de pensamientos atravesaron su mente, nublada por la sensación de vacío. De pronto, su llanto cesó. Pareció entender que las lágrimas no podían parar el triste fin que acababa de escribir en su historia, y se derrumbó, comprendiendo que no podría seguir escribiendo en ella. Y hecha un ovillo en el suelo, tiñiendo sus ropas de la pasión que no supo controlar en su vida, intentó callar el silencio a su alrededor, calmando su pobre corazón, creyendo que así debía de ser, y creyendo que así todo iría mejor.





















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